SOBRE MÍ

Alberto Calatrava

..del oficio de orfebre a Buda Orfebre

Alberto Calatrava

EL OFICIO

Mi camino comenzó en 1983, cuando descubrí en la joyería una forma de trabajo que inmediatamente me atrajo: la posibilidad de transformar el metal con las manos y convertir una materia dura y resistente en un objeto sensible.

Aquellos primeros años fueron también años de aprendizaje del oficio. Poco a poco, la joyería fue abriendo el camino hacia la orfebrería y la platería.

En 1993 comenzó una etapa especialmente importante de mi vida. El estudio con los orfebres Edgar Michaelsen y Emilio Patarca, y con el escultor Walter Gavito, marcó mi transición definitiva hacia la orfebrería. El trabajo comenzó a tomar otra escala: las piezas crecieron y, con ellas, mi interés por el conformado del metal, el cincelado, el volumen y las antiguas técnicas de trabajo a martillo.

Durante los años siguientes desarrollé una obra vinculada principalmente a la platería hispanoamericana, aunque también atravesada por una búsqueda personal que fue llevando esas formas hacia un lenguaje propio. Piezas en plata de carácter escultórico —como mates o sahumadores con forma de animales—, junto con obras de carácter ritual, fueron dando forma, poco a poco, a la identidad de Calatrava Orfebre.

En 2001 fundé el Taller Escuela de Orfebrería. Durante la década siguiente, la enseñanza pasó a ocupar un lugar central en mi trabajo, tanto en el taller como en experiencias desarrolladas en Catamarca y Potosí.

ESTUDIARSE A SÍ MISMO

Siempre entendí que un oficio no se aprende solamente mediante procedimientos. Se aprende también observando, repitiendo, equivocándose y desarrollando una relación íntima con los materiales y las herramientas.

Mientras mi vida profesional iba tomando forma entre el fuego, los martillos y los metales,

otra búsqueda se desarrollaba en paralelo.

En 1994 inicié la práctica de la meditación zen. Con el tiempo dejó de ser solamente una práctica para convertirse en una dimensión fundamental de mi vida. En 2007 recibí la ordenación como monje zen de manos de mi maestro, Kosen Thibaut, en el Templo Shobogenji.

EL PRIMER CUENCO

En 2012 abrí un grupo de zazen. Para acompañar la meditación necesitaba algunos de los instrumentos que tradicionalmente marcan los distintos momentos de la práctica en un dojo zen. Entre ellos, un cuenco.

Por entonces llevaba casi veinte años dedicado a la orfebrería. Sabía cómo transformar una lámina de metal mediante el fuego y el martillo: levantarla, darle volumen y convertirla en un recipiente.

Así que decidí fabricar el cuenco con mis propias manos.

Oficio Buda Orfebre

Conocía su forma, sus proporciones y su peso aproximado. Lo que no sabía era qué voz iba a encontrar cuando estuviera terminado.

Ese fue quizás el momento decisivo.

El cuenco mantuvo las proporciones que buscaba y, al hacerlo sonar por primera vez, su respuesta fue sorprendentemente buena. Aquel espacio de meditación comenzó entonces con un cuenco nacido en mi propio taller, hecho con las mismas manos y las mismas técnicas con las que durante años había trabajado en orfebrería.

BUDA ORFEBRE

Después ocurrió algo que yo no había previsto.

Comencé a encontrar esos mismos cuencos fuera del ámbito estricto del zen. Descubrí que también acompañaban otras formas de meditación, experiencias de escucha, relajación y prácticas orientadas al bienestar. El cuenco ya no era solamente una señal que marcaba el comienzo o el final de un período de zazen. El sonido empezaba a ocupar el centro de la experiencia.

Así empezó, lentamente, Buda Orfebre.

Se abrió ante mí un universo nuevo. Todo lo que había aprendido durante años sobre el metal podía ponerse ahora al servicio del sonido. Ya no se trataba solamente de construir una forma: el objeto tenía también que encontrar su propia voz.

No hubo un día en que Calatrava Orfebre terminara y comenzara otra cosa. Hubo un territorio que, poco a poco, empezó a encontrarse con otro.

La orfebrería, la práctica zen y la investigación del sonido comenzaron a encontrarse, poco a poco, en el mismo taller.

EL GRAN DESAFÍO

A pesar de tantos años de trabajo en el conformado de grandes piezas de orfebrería y, más tarde, de cuencos, el gong me infundía mucho respeto.

Sabía el desafío que implicaba su construcción. Controlar una superficie de metal tan grande, modelar las tensiones producidas por el martillado y, sobre todo, afinar su sonido hasta encontrar el carácter buscado no era una tarea simple. Por eso, durante bastante tiempo postergué la decisión de encarar semejante aventura.

Pero pudo más el deseo de escuchar, algún día, un gran gong hecho por mis propias manos.

Comenzó entonces un largo período de estudio, experimentación y trabajo. Hubo avances y retrocesos, muchas pruebas y también piezas que tuve que descartar porque no respondían a lo que estaba buscando.

Hay algo en mi carácter que me lleva a seguir trabajando con optimismo y perseverancia, confiando en que tarde o temprano voy a encontrar el camino.

Y poco a poco comenzaron a aparecer los primeros gongs en los que podía reconocer aquello que estaba buscando: armonía sonora y belleza.

Los gong makers sabrán de qué hablo. La aventura de encarar una gran superficie de metal, controlar las deformaciones que genera el martillado, consolidar un marco de contención y obtener una membrana vibratoria completamente plana constituye, sin duda, uno de los grandes desafíos de este arte.

Buda Gongs Orfebre

Con los años, aquella investigación fue dejando de ser solamente una búsqueda hasta convertirse en oficio.

Hoy trabajo gongs de gran formato, algunos de hasta un metro y medio de diámetro: una escala que años atrás me parecía casi inabordable.

Con los años fui reconociendo algo que hoy siento con mucha claridad: mis gongs tienen una voz propia.

Así como en la platería fui desarrollando un lenguaje propio, también en los gongs fue apareciendo una identidad. Fue naciendo lentamente, en la relación entre el metal, el martillo, la forma y la escucha.

La maravilla de este oficio es que uno puede entrar en diálogo con la materia. El metal cobra presencia y participa de la obra: a veces guía, sugiere soluciones y abre caminos que uno no había imaginado. 

..solo con hacer pausas de silencio se lo puede escuchar.

En mi experiencia, cada objeto termina teniendo una presencia propia, una especie de alma: los cuencos, los gongs, incluso mis martillos.

El desafío es descubrirla.

Tocando, escuchando, conociéndolo cada vez más, acercándose poco a poco a su voz.

Este diálogo se completa cuando alguien viene a escucharlos.